Catedrales de una religión industrial

Artículo del diario El país, fecha: 30 marzo 2014

Escrito por Daniel Verdú.

Una iglesia y cuatro casas alrededor. A veces una escuela y también un cuartel. Así se organizó durante mucho tiempo la vida social de las comunidades, los núcleos urbanos que constituían pueblos o ciudades. La llegada de la Revolución Industrial, sin embargo, convirtió el trabajo y a sus nuevas catedrales en epicentro urbanístico de lo doméstico. El empeño y el éxito arquitectónico en la construcción de fábricas en España en los últimos 150 años ha sido muy heterogéneo. Pero en la mayoría de casos configura el relato social y tecnológico de un periodo de la historia en que la vida y los métodos de producción dieron un giro copernicano. Hoy muchos espacios que se han conservado intactos —“las bellas durmientes”, como dicen los expertos—, esperan la ejecución de un crimen perfecto, la mayoría de veces, planeado en los años de especulación inmobiliaria.

El patrimonio industrial es esa valiosa e incómoda herencia que a menudo ni Administraciones ni particulares desearían haber recibido. Sobre todo el más reciente: fábricas desprotegidas y contempladas por la ciudadanía como una mancha anacrónica en el paisaje moderno. Sucede ahora con el conjunto racionalista de Clesa en Madrid, obra de Alejandro de la Sota, considerada por los expertos como una joya del patrimonio, que aguarda estos días la licencia de demolición. O Averly, una magnífica villa factoría en Zaragoza de 1855 —la única fundición de España que hasta hace poco más de un año todavía funcionaba—, que se ha vendido a una constructora para derribarla y construir viviendas. Algo parecido a lo que les sucede a la fábrica de Bombas Gens (cuya nave principal arrasó un incendio) o a La Ceramo, ambas en Valencia, sumidas en un deterioro sin remedio. Todas son joyas del patrimonio industrial. Pero el precio del solar que ocupan impide apreciar el valor de lo que cuentan.

España, según los expertos consultados, mantiene un atraso insalvable respecto a países como Alemania (con magníficos ejemplos como la Cuenca del Ruhr) o Reino Unido. Sucede principalmente en el sur de Europa, donde la enorme riqueza cultural de otros ámbitos del patrimonio ha eclipsado al legado industrial.

Pese al enorme esfuerzo que se hizo con el Plan Nacional de Patrimonio Industrial y la catalogación de 100 elementos históricos que debían protegerse, la descoordinación con las Administraciones locales y la falta de presupuesto hace que parte de la vigilancia de este acervo arquitectónico recaiga en movimientos ciudadanos (como ADUPEPA, la asociación aragonesa que lucha por el patrimonio) o expertos como Diana Sánchez Mustieles, doctora en Arquitectura y autora del blog http://patrindustrialquitectonico.blogspot.com.es. Una de sus últimas denuncias ha sido la del complejo Averly, catalogado en el Plan Nacional, pero con protección únicamente en la parte de la vivienda. “Arquitectónicamente tiene mucho valor. Ese es el problema de que quieran derribar parte. En España muchas veces se dedican a mantener chimeneas y se descontextualiza el complejo”, explica.

Vapor Aymerich, en Terrassa, sede del Museo de la Ciencia y de la Técnica de Cataluña. / Cristóbal Castro

La Ley de Patrimonio Histórico española no reconoce su variante industrial. Y cuando esos edificios quedan desprotegidos, el único remedio es que su dueño pelee para lograr su relevancia local o declararlos Bien de Interés Cultural (BIC). En la mayoría de casos, los propietarios evitan hacerlo para no renunciar a la millonaria venta del solar, como sucedió con Averly. “Por eso los nuevos usos deben ser rentables. De forma privada o pública. Ahora mismo las Administraciones no tienen dinero, pero los privados pueden recuperar estos espacios para nuevos usos, incluyendo viviendas. En Viena, por ejemplo, hay un conjunto de gasómetros donde hay pisos, un centro comercial y oficinas. Se puede hacer de todo. Incluso darle a esa entidad privada opciones para que recupere ese bien. Hoy por hoy conseguir un solar y edificar viviendas es ridículo. Lo que hay que hacer es rehabilitar y dar uso a los edificios abandonados”, insiste Sánchez.

Algo así se ha hecho en la fábrica El Águila en Madrid, donde ahora hay un archivo y biblioteca; en la Tabacalera de Valencia, convertida en edificio municipal, o en la de Sevilla, que es una universidad o la fábrica Vapor Aymerich, en Terrassa, hoy sede del Museo de la Ciencia y de la Técnica de Cataluña. En el País Vasco, una de las comunidades que junto a Cataluña más cuidado tiene con esta herencia, se hallan la antigua fábrica de harina La Ceres, hoy un edificio de viviendas, o los altos hornos de Vizcaya. En Europa brillan la antigua fábrica de acero Belval, en Luxemburgo, una ciudad de la ciencia y la innovación. O la mina Zollverein, en Essen, catalogada como Patrimonio de la Humanidad de la Unesco.

El movimiento por la recuperación de este tipo de arquitectura —y de paisaje— surgió en los años setenta, cuando los procesos de reconversión industrial comienzan a eliminar décadas de historia con la piqueta. Sucedió en Reino Unido primero, cuando se derribaron grandes catedrales de la Revolución Industrial. Y poco a poco surgieron entidades internacionales como TICCIH (nacida en Reino Unido), que en España, donde el movimiento caló 10 años después, está presidida por Miguel Ángel Álvarez Areces. “Es un testimonio de lo cotidiano, es historia de nuestros antepasados y de la época contemporánea. Eran las ilusiones, los fracasos, las alegrías de las personas. Su vida. Pero 30 años después de que surgieran estos movimientos, se sigue destruyendo patrimonio, aunque hoy esté reconocido. Todavía ni las Administraciones públicas ni los propietarios reconocen que tiene un valor similar a los castillos, iglesias… Mientras a nadie se le ocurriría tocar las Pirámides de Egipto, se deja caer en el deterioro irreparable una fábrica como Averly, con más de 100 años de antigüedad y que concentra toda la historia industrial de España”, explica este reconocido experto.

La antigua fundición Averly, en Zaragoza. / David Asensio

Algunos lugares que fueron emblema de la Revolución Industrial, como Málaga, han perdido el rastro de aquella historia. Eusebi Casanelles, presidente vitalicio de la Comisión Internacional de Patrimonio Industrial, recuerda el caso contrario del barrio barcelonés del Poble Nou y la importancia histórica —a la altura de los cambios del neolítico, dice— de aquel periodo: “Hubo una lucha sobre qué preservar. Muchos fueron reutilizados, otros son solo chimeneas. Pero es importante que la gente cuando pasee vea unos elementos y se pregunte qué había ahí. Pueblo Nuevo era el Manchester de España. De la misma manera que se conserva el románico, nuestra obligación es hacer lo mismo con esto”.

Porque más allá del edificio, los expertos insisten en preservar su entorno y algunas de las huellas del proceso de producción que contienen todavía. Proponen una mezcla de usos rentable para el propietario, pero que permita entender el pasado. “El patrimonio industrial ayuda a explicar la historia reciente. La fábrica nunca está aislada. Es el centro de algo: viviendas, economato, escuelas, ferrocarril, un puerto… Hay todo un conjunto alrededor”, explica Alberto Humanes, quien fue arquitecto del Ministerio de Cultura y coordinador del Plan Nacional de Patrimonio Industrial entre 2001 y 2012. Un proyecto pionero, aunque se topase con problemas como la falta de iniciativas económicas o el desinterés absoluto de la mayoría de comunidades autónomas por aplicarlo. Casos como el Molinar de Alcoy (en ruinas), que la Comunidad Valenciana se negó a proteger, o los altos hornos de Marbella ilustran ese desprecio.

En 2015 se celebrará el Año del Patrimonio Industrial en Europa. Muchos de los edificios en liza estos días probablemente ya se habrán derribado.

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